Internet multiplica las iniciativas de consumo colaborativo

La colaboración vive su edad del oro gracias a internet. Las redes están desarrollando nuevas formas de economía basadas en la idea de compartir. Es el consumo colaborativo. Lo importante no es tanto poseer la propiedad de productos, bienes o servicios como acceder a su uso: disfrutarlos al margen de quién sea su dueño. Las viejas prácticas del trueque, el intercambio o el préstamo tienen ahora una nueva oportunidad para relanzar y recrear la economía en momentos de crisis. El nuevo edificio descansa sobre la base de que la gratificación no la da la posesión de bienes, sino el hecho de acceder a ellos. A la vez, damos una segunda oportunidad a los objetos para frenar el hiperconsumo derrochador poniendo el acento en una economía que se cimente en lo perdurable.

Las iniciativas de consumo colaborativo han encontrado en la red un campo abonado, el foro idóneo. La gama de opciones se ve ensanchada cada día. Los campos de este fructífero intercambio forman una retahíla inacabable que crece sin cesar: compartir coche o plazas de garaje, intercambiar casa o favores, vender ropa barata que no se usa del armario, hallar espacios de trabajo comunes, reparar ordenadores, prestar instrumentos musicales, regalar cosas que ya no sirven. Compartir mueve montañas. Sólo en el transporte, se han desarrollado múltiples variantes: trayectos que se comparten para repartir gastos de gasolina y peaje (Carpoling.es), empresas con flotas de vehículos que puedes reservar (Carsharing), alquiler de vehículos entre particulares (Social Car) o taxis compartidos (JoinUpTaxi).

Para todos los gustos
De la misma manera, el deseo de viajar se puede materializar con el intercambio gratuito de casas o el alojamiento a precio muy bajo. Puedes acceder a todo…, hasta alquilar un taladro, cuya vida media en el uso doméstico es, por cierto, de 10 a 20 minutos, pues compramos una herramienta que pocas veces usaremos. “Con las fórmulas de consumo compartido ganan las empresas y gana la gente, porque lo que se busca no es tanto el beneficio económico como compartir”, dice Albert Cañigueral, promotor de la web Consumocolaborativo.

“Todo esto supone reconceptualizar prácticas que se venían haciendo desde hace tiempo y que persiguen cambiar la cultura de la posesión y de la propiedad. Son fórmulas que permiten adquirir el uso de un producto o su intercambio; esto es lo importante; no su posesión”, explica Rubén Suriñach, experto en consumo de la revista Opcions.

La felicidad no era eso
Es asumir la filosofía de Manfred Max Neef, el economista y ambientalista chileno que redefinió la felicidad. “Las necesidades tangibles de objetos o productos de consumo, como la alimentación, tener calor o casa, sólo representan el 10% de las necesidades humanas. La mayor parte de esas necesidades tienen que ver con los aspectos emocionales, de identidad o de reconocimiento, lo cual está en la esfera de la relación con los demás”, recuerda Joana Conill, investigadora de economías alternativas en la Universitat Oberta de Catalunya.

“Podemos pensar que estas fórmulas están en auge porque son fruto de la necesidad; por ejemplo, la de muchos jóvenes que no pueden afrontar tantos gastos. Pero rápidamente se observa que “estas fórmulas permiten descubrir que las compras colectivas, ya sean de alimentos o de bienes adquiridos a granel, comportan grandes beneficios económicos, vitales y ecológicos; y también esta es una vía de entrada al autoconsumo”, dice Federico Demaria, investigador en decrecimiento de la UAB.

Un foro de encuentro
“La existencia de las redes sociales ha permitido que las iniciativas para compartir las cosas sean más fáciles, puesto que personas que no se conocen pero tienen intereses en común encuentran un lugar donde poder satisfacer sus necesidades de consumo”, explica Mauro Fuentes, director de Socia@ogilvy. Fuentes destaca que el éxito de todas estas plataformas se basa en la confianza mutua y en los controles de reputación, que permiten una criba selectiva eficaz.

Mauro Fuentes agrega que todas estas plataformas se basan en la confianza mutua entre las partes. Cuando los intercambios se hacían personalmente se requería que esa garantía de transacción se ratificara mediante un amigo, un conocido o un intermediario fiable, mientras que estas plataformas incorporan también sistemas de reputación que permite validar y ratificar la confianza entre las partes. “Y si un propietario deja una opinión negativa sobre un huésped, va a ser más complicado que alguien acepte compartir algo con esa persona. Las plataformas establecen, pues, una suerte de criba natural, basada en la confianza y en la reputación”, señala.

Una economía que reducen costes de transacción
“En un mercado tradicional, las prácticas de reutilización o los productos ecológicos tienen unos costes de transacción elevados, mientras que estos costes se reducen drásticamente mediante el consumo colaborativo y la economía alternativa” (mercados de intercambios, cooperativas de consumo, cooperativas de viviendas o huertos comunitarios…), dice Demaria.

“El consumo colaborativo es también una respuesta al hiperconsumo” que comporta malgasto de materiales y una generación de residuos”, explica Albert Cañigueral. Abre la puerta al consumo racional de recursos. “El 60% de la ropa que va a la basura se podría reutilizar”, dice Demaria.

Rubén Suriñach coincide en que compartir recursos y el intercambio “están en auge porque la crisis ha hecho bajar el poder adquisitivo y se limitan las compras nuevas”. Pero, en el reverso de la moneda, “la ciudadanía descubre que se pueden satisfacer necesidades con menor coste, y que se puede hacer recurriendo a la comunidad”, añade.

Economías alternativas
Las redes propician la aparición de fórmulas de economía alternativas a los sistemas tradicionales de producción, consumo y distribución. Se recupera así la concepción de que la economía “tiene como objetivo satisfacer las necesidades de las personas, mientras que una visión tradicional de la economía persigue maximizar los beneficios”, según explica Joana Conill, investigadora de las culturas económicas alternativas de la UOC.

La plataformas de internet están dando lugar también a una economía no monetaria, puesto que muchas ofertas o demandas persiguen sólo dar un vida más duradera a los objetos de consumos, regalarlos.

Otra línea persigue cambiar modelos que se han demostrado fallidos, como el del acceso a la vivienda. De ahí que sea tan activa Sostre Civic, que persigue fomentar cooperativas para garantizar el derecho a la vivienda con un derecho de uso y sin la obsesión por la propiedad particular.

Soledad del capitalismo
“El capitalismo opera con la soledad y el individualismo, y necesita de las personas solas para que funcione, mientras que la economía alternativa funciona con la relación directa y con redes”, explica Conill. Los precursores de esta economía tienen gran necesidad de relacionarse con los demás, de hacer las cosas con ellos. De compartir.

“Alquilo mi coche”
Mar Alarcón vivió tres años en China y dos en Londres, donde usaba vehículos de alquiler. Ya en Barcelona se encontró con dos vehículos de su propiedad y vio que era absurdo. Apenas los utilizaba: siempre estaban en el garaje y sólo daban gastos y más gastos: gasolina, impuestos, seguros… De esa reflexión surgió la idea del alquiler de vehículos entre particulares por horas, días o semanas. Y luego dio el paso siguiente: crear una empresa (SocialCar) destinada a que las personas que opinan como ella alquilen sus coches para obtener algunos ingresos.

SocialCar pone en contacto a propietarios y usuarios; y para afrontar los riesgos de accidente le respalda un seguro universal. Los precios son muy atractivos. Por ejemplo, alquilar un Mercedes de la clase A por 6 euros a la hora, 40 al día o 180 a la semana. Su empresa se queda con un 15% (hay ocho empleados) más la fianza. Y se implica a fondo en la transacción para que todo vaya como la seda. “Por ahora no hemos tenido ninguna queja”.

“Abramos el wifi al público”
Miguel Sanz constató una enorme contradicción. En cualquier zona de Barcelona hay de media más de veinte puntos de conexión wi-fi. Pero tanta redundancia no sirve: son redes encriptadas. Y, en paralelo, los usuarios urbanos cada vez tienen más necesidad de usar las redes inalámbricas de su entorno. Además, es frecuente que estés en el extranjero y la conexión a internet del móvil sea muy cara, que no tengas cobertura o el 3G vaya muy lento.

Para compartir estas redes de wi-fi en telefonía, Sanz ha creado una aplicación (YellWifi) que permite conocer los bares, restaurantes y particulares que colaboran con su proyecto y han abierto la wi-fi para hacerla pública, lo que le ha exigido una intensa campaña
para difundir las ventajas que les reporta. Su proyecto no ha tenido todavía una retribución. Pero la ventaja para los cien establecimientos que han abierto su red es que aparece visualizada una información específica, lo que en el futuro puede dar entrada a unos ingresos por publicidad.

“Te cedo mi huerto”
El irrefrenable impulso de muchos por cultivar un huerto ecológico puede verse satisfecho sin necesidad de tener una finca propia. La idea la impulsa Reforesta, que tiene entre sus fieles seguidores a la asociación Mi Cosecha Huertos Ecológicos, que deja parcelas de 50 y 100 m2 a personas que quieran iniciarse en el mundo de la agricultura ecológica. Sus 65 huertos están en La Rinconada, a diez minutos de Sevilla, a disposición de los interesados.

“En Sevilla no hay parcelas para huertos urbanos, y lo que hacemos es cederlos”, dice Ismael Sánchez. “No hay un periodo máximo de tiempo para cultivarlos, pero la idea es que aquí cubran un periodo de formación”, añade. Sólo hay que dar 35 euros para cubrir gastos. ¿Objetivo? El neohortelano aprende a conocer el impacto de la alimentación en el CO2 a fomentar lo ecológico y descubrir sus ventajas frente a la agricultura intensiva.

“Tengo una habitación para ti”
Natalia Pérez ha viajado mucho: San Francisco, Nueva York, Bruselas… Y siempre ha buscado alojamiento mediante la plataforma Airbnb de internet, que le ofrece precios muy asequibles. Y ella misma ofrece la habitación libre de su casa de la calle Ferlandina, en pleno casco antiguo, una acogedora residencia llena de recuerdos de viajes que comparte con su compañero y sus tres gatos.

“Suelen venir parejas jóvenes a las que les gusta viajar y no quieren gastar en hoteles. Vienen buscando una experiencia única, y lo que hago es recomendarles sitios más allá de los tópicos. Aquí están como en casa”, dice. Deja el cuarto por 20 euros por persona y día o 35 si es una pareja. “Hasta ahora no he tenido ningún problema”.

Fundado en el 2008 en San Francisco, Airbnb es “un mercado comunitario de confianza en que la gente descubre y reserva alojamientos únicos en todo el mundo desde su ordenador o desde un teléfono. Esto incluye desde un apartamento hasta un castillo o una villa”, dice María Casado, portavoz de Airbnb.

[Via LaVanguardia]

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