Pocas opciones para Telegram, pese a ser gratuito y ‘open source’ @LaAnet

Hay que reconocerlo: WhatsApp pegó primero y lo hizo no dos, sino mil veces.

La gran baza de esta aplicación de mensajería reside no sólo en lograr transformar el mercado (hay que recordar que su entrada supuso la puntilla para el SMS), sino además conseguir una estandarización del servicio. El SMS había muerto y había llegado un nuevo sistema, el WhatsApp (con todas sus letras) que lo sustituía. La gente dejó pronto de enviarse mensajes de texto por motivos evidentes: eran de pago por envío y sólo texto plano, mientras que WhatsApp era gratuito y bastaba con una tarifa de datos para enviar texto, vídeos y fotos de manera ilimitada. ¿Quién se iba a resistir?

El proyecto impulsado por Brian Acton y Jan Koum no tardó en subir a lo más alto de las tiendas de aplicaciones, aunque ellos siempre han preferido mantenerse en un discreto segundo plano.

El protagonismo para el producto, no para ellos. Su producto nació como una alternativa al SMS, pero ha logrado algo que pocos empresarios consiguen: resistirse a las tentaciones de adornarlo con múltiples prestaciones que no estuvieran realmente seguros de que fueran utilizadas por el usuario.

En realidad, la filosofía de WhatsApp es muy similar a la que ha encumbrado a Apple: hacer poco, pero hacerlo realmente bien, sin fisuras. El estadounidense y el ucraniano han ido puliendo un producto que prácticamente no ha evolucionado desde su origen, y han basado el grueso de su éxito en la captación de usuarios. Todo el mundo usa WhatsApp. ¿Para qué cambiar a otro producto con más prestaciones pero que no usa nadie?

LINE ha sido hasta la fecha el gran rival de WhatsApp, pero siempre ha estado a la zaga en número de usuarios activos, que además se han concentrado fundamentalmente en Asia. Sin embargo, WhatsApp se ha enfrentado a una incómoda paradoja: su éxito, más allá de las prestaciones del servicio, ha residido en la masa de usuarios y lograr que todo el mundo lo use.

Sin embargo, esta estandarización lo ha situado en posiciones cuasi monopolísticas por las que se ha granjeado la enemistad de una parte de los usuarios más amigos de las alternativas.

Y han llegado. Telegram ha surgido como de la nada, de la noche a la mañana, envuelto en una serie de proclamas que han logrado cautivar a un elevado número de usuarios hasta situarlo en lo más alto de las listas de descargas.

Gratuito y ‘open source’
Telegram, aun siendo un recién llegado, supuso un flechazo directo a los corazones de este grupo de usuarios que buscaban una alternativa. Uno podría pensar que, al igual que LINE, este servicio de origen ruso llegaría cargado de prestaciones, pero no. Su mensaje es muy similar al de WhatsApp: pocas cosas y bien. Eso sí, más prestaciones que el líder del mercado. Sin embargo, el producto creado por el multimillonario ruso Pavel Durov juega con unos argumentos que, más allá de convencer, han servido como excusa para el cambio de plataforma.

Si alguno de sus contactos ha migrado a Telegram, seguro que habrá escuchado aquello de: “Pásate ¡es más seguro!”. Pero, ¿realmente lo es? Un paseo por el FAQ, o las preguntas más planteadas de ambos servicios, no sólo no despeja las dudas, sino que las agranda: aunque Telegram sostiene que su sistema es “altamente cifrado”, lo cierto es que WhatsApp también cifra sus mensajes.

Curiosamente, uno de los argumentos que esgrimen los rusos es que sus mensajes se almacenan en un servidor de forma que puedan ser usados de forma sincronizada en otros dispositivos. WhatsApp, por el contrario, borra los mensajes (cifrados, recordemos) tan pronto hayan sido enviados ¿Cuál es más seguro entonces?

Otro de los mantras utilizado por el empresario ruso ha sido emplear las palabras mágicas “código abierto”. Telegram está basado en Open Source y cualquier puede acceder al protocolo o API del servicio, y esta apertura es algo que seduce a muchos. Aunque lo cierto es que para la gran mayoría de los usuarios, este dato no tiene ninguna relevancia.

¿Sin ánimo de lucro?
Y por último, y esto ya suena un poco extraño: Telegram es un producto sin ánimo de lucro. ¿Modelo de negocio? No existe porque, sobre el papel, nadie piensa ganar un solo duro con él. Que un exitoso empresario artífice de la red social en Rusia con mayor difusión se embarque en un proyecto tan altruista puede despertar suspicacias. ¿Cómo se mantienen los gastos? Sin embargo, esto es exactamente lo que sostienen en la web del producto.

Bueno, bonito y gratis ¿Qué le falta a Telegram para arrasar? Un elemento tan trivial como evidente: el volumen de usuarios.

Hemos abierto el artículo con la importancia de la estandarización lograda por WhatsApp pero ahora vamos comprendiendo que la firma ha logrado blindar su proyecto con la masificación: mientras los usuarios de Telegram andan intentando convencer a los de WhatsApp que migren a su red, lo cierto es que la aplastante mayoría de los contactos siguen en la que pegó primero y de forma contundente.

¿Una apuesta de futuro? El viejo león seguirá rugiendo en solitario y Telegram quedará como un producto de nicho.

El problema es que formar parte de un segmento marginal del mercado en una aplicación de mensajería es muy complicado, casi imposible en un mercado global.
[Via El Confidencial]

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